sábado, 31 de julio de 2010

Venezuela, legado indígena de rebeldía



Por Ismel Enriquez Palacios (Prensa Latina*)

Caracas, (PL) Diseminadas por toda Venezuela, salen al paso del caminante en cualquier lugar palabras que rememoran un pasado de resistencia indígena, desde marquesinas de hoteles, restaurantes, edificios, hasta en las puertas de municipalidades y estados.

  Son los nombres de los primeros héroes de este país, los cuales, pese a su pasado de resistencia histórica, quedan más como apelativos pintorescos para denominar lugares, que por el verdadero conocimiento de su historia de hazañas contra el colonialismo español.

Así, un estado del centro occidente rememora al cacique Yaracuy, los municipios caraqueños de Baruta y Chacao hacen referencia a otros dos líderes, y en la vecina Miranda, la capital estatal Los Teques, recuerda a uno de los primeros grupos poblacionales.

También Caracas o Aragua deben su nombre a dos comunidades originarias, y desde edificios de cualquier ciudad del país, en calles, centros de ocio o unidades militares, pueden leerse los nombres de Terepaima, Sorocaima, el fuerte Tiuna o el gran Guacaipuro, elegido para figurar también en el billete de 10 bolívares.

La mayoría de ellos perteneció a tribus de raíz caribe, temidos por los españoles por su carácter aguerrido, que los llevó a mantener en jaque a las huestes de colonizadores desde Anzoátegui hasta la actual ciudad de Valencia, pero sobre todo, alrededor del valle de Caracas.

Allí los originarios sostuvieron una tenaz resistencia, pero la ambición ibérica por explotar el oro del territorio, las enfermedades llegadas desde Europa, las traiciones, y la contundencia del arcabuz y la armadura frente al arco y la flecha, terminaron por imponerse.

Cacique de caciques 

Caudillo de los indios teques y caracas, Guacaipuro se pierde en los lindes entre el mito y la historia real, pues el interés colonizador por silenciar su ejemplo y el olvido a que fueron sometidos los indios por siglos, arropan de dudas algunos de sus datos biográficos.

Sin embargo, los expertos coinciden en presentarlo como el organizador de la gran resistencia que postergó por siete años la penetración europea en la zona del centro norte de Venezuela durante la década de 1560.

Asumió el cacicazgo a los 20 años de edad, y logró reunir a su alrededor a múltiples jefes de las distintas comunidades caribes que habitaban la región, como su hijo Baruta, o los respetados jefes Naiguatá, Guaicamacuto, Aramaipuro, Tiuna, Chacao y Paramaconi.

Guacaipuro comandó a las agrupaciones que echaron por tierra los intentos del Teniente General de la Provincia de Caracas, Juan Rodríguez Suárez, de establecer los primeros caseríos españoles en la zona.

Junto a Terepaima, enfrentó al capitán Luis de Narváez, y convocó a la alianza estratégica que, victoria tras victoria, mantuvo en jaque a las fuerzas peninsulares hasta el revés de la batalla de Maracapana, en 1568.

Derrotado de manera contundente, Guacaipuro se vio obligado a refugiarse entre los suyos en Suruapo, y hasta allá fueron a buscarlos los conquistadores, comandados por el alcalde Francisco Infante.

Gracias a la traición de indígenas que sirvieron como guías, los españoles lograron penetrar en el caney del jefe indio.

La más heroica de las versiones sobre su muerte refiere que se batió como un león en su guarida y aniquiló a varios atacantes, los cuales, por su superioridad numérica lograron arrinconarlo en su choza y prenderle fuego.

Aunque lo conminaron a rendirse, el gran cacique prefirió morir en medio de las llamas antes de dejarse humillar por el colonizador español, concluye esta historia.

La desintegración 

Baruta, que heredó de su padre el penacho de plumas rojas -símbolo del poder de Guacaipuro-, las defendió con honor por algunos años, pero cayó prisionero y pactó la paz con los españoles a cambio del respeto a los suyos.

Otros guerreros recogerían con sus proezas las lanzas de la libertad, entre ellos el jefe Sorocaima, quien se destacó por el heroísmo con que enfrentó la vida y la muerte.

Algunos historiadores le confieren a Sorocaima raíces guajiras y señalan que se unió a los indios teques tras ser expulsado de sus tierras por problemas con su tribu.

Lo cierto es que el hombre logró ganarse la confianza de Guacaipuro y el respeto de sus seguidores tras la muerte del líder.

El conquistador Garci Gonzáles de Silva lo capturó en medio de un combate en 1572, y quiso utilizarlo para presionar a los demás combatientes, amenazándolos con cortarle la mano si no deponían las armas.

Ataquen con fuerza, mis valientes, que los españoles no tienen mucha gente, fue la respuesta que en forma de grito diera el propio jefe guerrero.

De inmediato, y como para no dejar lugar a dudas, él mismo estiró el brazo para que le cercenaran el miembro, el cual tomó con su izquierda para ondearlo en señal de triunfo, minutos antes de caer de un disparo a traición.

Mariches, teques, caracas, araucas, cumanagotos, quiriquires y los demás pueblos de raíz caribe tendrían a partir de entonces breves instantes de gloria, pero nunca con el resplandor que le imprimieron estos héroes.

La batalla de Maracapana no sólo había significado el final del liderazgo de Guacaipuro, sino también de la coalición de tribus que comandara, a pesar de los intentos posteriores de caciques como Catia por rescatar las alianzas.

Otras etnias llenarían también sus páginas de heroicidad, como los jiraharas en Lara y Yaracuy, los macotíes en Mérida, y los chaimas en el actual estado Sucre, pero los engaños, el cansancio y las traiciones sofocarían la bravura de los guerreros, que sufrirían durante siglos la colonización de sus tierras, y la crueldad del invasor.

(*) El autor es corresponsal de Prensa Latina en Venezuela.

Fuente: Prensa Latina

 
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